En un rincón de mi mente, obscuro, clandestino, inhóspito, cruel y carcelario, en donde rondan pensamientos perdidos, olvidados, descuidados, ocultos, viles y furiosos; de noches pasadas, de días por venir, de la inocencia escondida y del vicio encontrado.
Libre albedrío, mentira vil, falsa promesa que regocija a todos los de mentes lentas que de jactan del conocimiento obtenido; conocimiento vano porque han olvidado el verdadero objeto a conocer, su propia existencia; esa existencia del fugaz transitar en este plano; un plano que limita las fuerzas de la eternidad, las estruja y las condiciona a la vida del tiempo; un tiempo que no espera, que no añora, que solo transcurre y permite la ocurrencia de un ser minúsculo, obnubilado de tribulaciones, juicios y emociones; de nombre hombre; de esencia perdida entre los límites y el infinito, uno lo comprende bien, el otro solo lo excita y cree conocerlo, pero solo son imaginaciones de ese ser que no encuentra su lugar, que no es de aquí ni de allá; un vagabundo de los extremos, de todo y de nada, de lo vacío y de lo lleno, de lo bueno y de lo malo, un trotacielos de nombre hombre.