Escrito por Ramón Guadalupe González Rocha.
Por estas fechas, entre el 6 y 9 de agosto recordamos unos de los hechos considerados entre los más funestos de la historia de la humanidad, el lanzamiento de las bombas atómicas por parte del ejército norteamericano en las provincias japonesas de Hiroshima el 6 de agosto y en Nagasaki el 9 de agosto, este despliegue armado del imperio Yankee fue el argumento final que daría el cierre al conflicto armado conocido como segunda guerra mundial, pero hay algo que viene a mi cabeza al recordar tan fatales hechos que significaron un parte aguas en la historia de la humanidad, y dichas preguntas son ¿qué podemos decir que ha cambiado desde aquel día? y, por otro lado ¿qué podemos decir que se ha mantenido igual desde ese fatídico hecho?
Muchos dirán porque así lo exige la historia que la humanidad ha cambiado mucho desde esos eventos, pero en lo particular lo único en que hemos cambiado es que ahora somos más temerosos al reconocer el poderío al que hemos sido capaces de llegar, la evolución armamentista es quizá el panorama más amplio que se pueda revisar, desde aquellas luchas peleadas cuerpo a cuerpo entre los primeros grandes imperios, hasta la invención de los primeros elementos que significan una ventaja en el campo de batalla, tales como, los arcos y las flechas, los escudos, las espadas, los cascos que apoyaban a cubrir la cabeza de los soldados, y una serie de elementos, los cuales permitían a aquellos quienes tuvieran las mejores herramientas y las mejores estrategias imponerse y resultar victoriosos sobre sus contrincantes.
¿Qué quiero entonces decir con esto? Mi respuesta es la siguiente, la humanidad realmente no ha cambiado en absoluto, ni lo hará, aquella frase de aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla, sin duda, es un mero elemento persuasivo para hacernos suponer un cambio en nuestra integridad, pero lo que se sitúa en el campo de la reflexión es que la humanidad ha fraguado su historia en la batalla, es cierto que nuestros libros de historia están plagados de los recuerdos de las grandes batallas, mismas que sin duda han significado un avance, y nunca se les ha visto como un retroceso, esto nos deja una pista de que realmente nuestra historia presente difícilmente cambiará, y si de cierta forma lo hiciese sería un efecto por demás adverso que en posteriores líneas me daré a la tarea de explicar, por el momento me gustaría hacer un breve recuento de las batallas que más han marcado nuestra historia, y que nos dan un claro ejemplo de lo que realmente sucede.
Comenzando con uno de los hitos más grandes de todos los tiempos, la guerra de Troya, narrada magistralmente por Homero en la Ilíada, de suerte que es considerada una de las más grandes epopeyas griegas, junto con su hermana de autor, la odisea, en este gran libro somos transportados al campo de batalla por la narrativa excelsa de Homero, es así como está obra es capaz de hacer que nos demos cuenta de nuestra verdadera esencia, una esencia combativa, en la gran mayoría de los casos regulada por los sistemas de comportamiento y de buenas costumbres que aplican en nuestra actualidad, pero no conozco a nadie que haya leído la Ilíada y no se haya transportado al conflicto, queriendo ser participante del mismo, es como una especie de proyección provocada por la poderosa narrativa y el contenido inmensamente rico de la obra, es así que nos damos cuenta de que en nuestra esencia existe algo que difícilmente podremos cambiar.

Otra de las grandes narraciones que nos hacen transportarnos a otro lugar es la narrativa de la guerra de los 300, o la batalla de los espartanos en contra de los persas, unos maestros de la estrategia y del combate, los otros el ejército más grande de la antigüedad, está batalla de 300 hombres mismos que fueron capaces de reducir cantidades considerables del ejército Persa, al igual que los elementos presentados en la Ilíada, son capaces de trasladar nuestra conciencia hacia su espíritu originario, un espíritu forjado en el calor de las batallas, y ese mismo espíritu ha terminado por ser acallado por las fuerzas de la razón, se podría decir en otras palabras, nos estamos convirtiendo a nosotros mismos en fieras domesticadas, pero para eso están está serie de relatos, mismos que permiten que el espíritu despierte de un letargo, de sus entresueños de la búsqueda de la buena voluntad.

Analizando estos elementos podemos encausarnos a la razón del lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, mismas que tienen su origen en el ataque furtivo perpetrado por la armada aérea japonesa a la base naval militar de Estados Unidos en Pearl Harbor, esto sin duda desató la ira del ejército norteamericano que no dejaría que está afrenta pasará desapercibida, y así fue que, cegado en su ambición de venganza, el espíritu combativo originario del ejército de los E.U. decidió culminar mostrando la más grande arma jamás conocida por la humanidad hasta ese entonces, sin duda, esto no resulta un justificativo suficiente para la tragedia, lo único en lo que quiero poner énfasis nuevamente es en qué realmente incluso hace más de 3000 años de la historia de la humanidad en realidad no hemos cambiado en absoluto.

La humanidad necesita de ese espíritu combativo, es esa misma fuerza que lo impulsa a moverse todos y cada uno de los días de su existencia, por lo tanto en la esencia del ser humano se encuentra una voluntad, esa voluntad que resulta casi imposible de quebrar, pero termina vapuleada en muchas ocasiones por las voces de la razón, mismas que nos llevan a la culpa, pero en este caso se me ocurre otra pregunta y es la siguiente, si Estados Unidos hubiese decidido no lanzar las bombas atómicas, ¿Qué habría sucedido después? la respuesta más probable, el conflicto hubiese continuado, y con él, el derramamiento de sangre.
Entonces como todo, el combate se encuentra presente siempre en nuestras vidas, pero siempre va a acompañado por un breve momento de apasiguamiento, esté breve lapso no debe prolongarse demasiado, porque si esto se hace, el letargo se vuelve una condena, y con él viene la falta de actividad que nos terminaría por estancar en un conformismo que resulta con efectos más negativos que cualquier guerra, el quedarnos estáticos serie dejar que el tiempo se hiciese cargo de nosotros, dejando pasar la oportunidad de poder tomar una decisión, es decir, de poder expresar nuestra voluntad a través a de un acto, esa voluntad es pues entonces el espíritu combativo que ha llevado a la humanidad a pisar la luna, y a poder ejercer un cierto dominio sobre el planeta que habitamos, sin duda existen muchos puntos en los que hace falta una reflexión más amplia, pero eso ya serán cuestiones de otros textos, por el momento con esto concluyó esté breve texto acerca del espíritu combativo como parte de la esencia humana, y el elemento necesario para la propia superación.
